Descubriendo el Psychoville
Mientras camino por la acera una extraña criatura de sombrero con cuernos y traje elegante tropieza conmigo, su rostro estaba cubierto por una tela negra y sus ojos simulados con un par de perlas brillantes, se inclina para disculparse y me señala con sus manos en guantes hacía la derecha, en dónde una pequeña jardinera negra rodeaba la plaza. Decidí sentarme en un banquillo de cemento, mismo que se convertiría en mi sala de estar para pensar en los momentos de incertidumbre en mi vida, vida de la realidad 101, una de las tantas realidades existentes en el universo al que yo pertenezco.
Con el tiempo le cogí cariño a este sitio, iba allí cada vez que podía y siempre que lo hacía descubría algo nuevo, un lugar, un personaje, una situación, una emoción. Por muy positiva o negativa que fuera una experiencia en la realidad 101 estas siempre me daban un boleto de ida al Psychoville, allí yo me convertí en el Psych.
Uno de los primeros lugares que conocí fue la feria; Era increíble, fenómenos, música, arlequines, juglares, caballeros, trapecistas, bailarinas, animales exóticos, híbridos y muchos juegos. Era todo un sueño salido de un clásico de terror con sus vampiros y hombres lobos incluidos... Perfecto para curar la Coulrofobia o cualquier fobia relacionada a los trajes de bombacho y el algodón de azúcar. Adoro ir allí, sobre todo en las noches, cuando las luces son más intensas y los payasos estiran sus piernas para pasar por encima de la gente como unos saltímbanquis.
Los niños de todas las especies asisten y juegan, y los padres despreocupados en ocasiones los pierden sin hacer escándalo. Es algo normal que siempre ocurre en las ferias...
En una ocasión pude ver cómo una bailarina y un arlequín se llevaban a un niño, pero el nene nunca gritó, no hizo un berrinche, solo se quedó estático mientras el payaso lo levantaba y me hacía una seña de silencio con sus dedos blancos sobre su boca carmesí, yo seguí en lo mío sin darle mayor importancia.
La feria se extendía hacia el centro de la ciudad a un enorme boulevard. Los balcones de los edificios a los costados estaban decorados con luces navideñas y adornos alusivos, los faroles se extendían por todo el paseo y los juglares y trovadores deleitaban a la gente con su espectáculo. Todos llevaban a cabo el recorrido con alegría, con sonrisas tan grandes en sus caras que parecían forzadas, un poco aterradoras diría yo. Pero yo adoraba ver a la gente sonreir, así que los obligaba a hacerlo aún más.
Me detuve para observar la majestuosa entrada hecha de baquelita de una gigantesca juguetería, por fuera no tenía luces, pero había una enorme ventana a un costado que daba vista a lo que parecía ser un centro comercial de juguetes y sin dudarlo entré.
Había una gigantesca plaza en medio, rodeada por el recorrido de un tren que era manejado por una lagartija verde flourescente, habían osos de peluche gigantes que brincaban y saltaban de un lado a otro, unas señoritas vestidas de empleadas domésticas con faldas muy cortas que dejaban ver sus traseros con ropa interior muy pequeña, Barbies, pistas de carreras, pelotas, dulcerías, hasta una tienda llamada "Te hacemos en chocolate". En una esquina una puerta hecha de malvavisco con una señal de "Peligro radioactivo" que decidí ignorar para disfrutar de los trampolines. -¡Me encanta el trampolín!- Cuando brinco y mi cabello queda suspendido en el aire por unos micro-segundos siento que vuelo, ver todo desde arriba me hace sentir imponente y amo las cosquillas que genera el vértigo a la caída.
😊
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